El experimento de San Andrés.
Este viaje fue en diciembre. Un diciembre en el que se me ocurrió intentar algo nuevo: estar más presente y menos ausente escuchando las vocesitas en mi cabeza.
Sí, claro. Fue un intento audaz y ambicioso para una persona ansiosa que es multi-tarea en el área de la preocupación. Pero... ¡funcionó! 👍🏻
Con la brisa fresca que entra por las ranuras de la puerta del balcón, el sonido de las olas chocando con rocas y el canto afinado de las aves, no provoca levantarse a las 6am para empezar un experimento.
Pero oigan, alguien tenía que hacerlo.
Silenciosamente me levanté de mi cama, me puse mis crocs chiviados color aguamarina y me vestí en el baño. Short de jean, top cómodo y el cabello bien recogido. Botilito con agua fresca, celular para avisar donde estoy y bloqueador.
Camino a la playa pensé que antes me sentía presionada a dormir hasta tarde como los demás, pero sentir el viento tibio al salir a la calle y saber que tendría un tiempo a solas, definitivamente se sentía mejor que cerrar los ojos sin sueño en la cama.
Habían pocas personas al rededor. Busqué un espacio frente al mar bajo una palma para que me acompañara su sombra, y di inicio a mi pequeño gran experimento.
Siempre me ha ayudado la frase "como te sientes te ves". Y me dije mientras acomodaba mis cosas en la arena: "aquí nadie te conoce, actúa como te gustaría sentirte en este momento".
Y así fue.
Empecé con un pequeño flow de yoga. "Te debes ver toda ficty", le escuché decir a mis inseguridades.
Y miren, este momento fue crucial.
Sabía que si les seguía la cuerda surgirían más vocesitas. Vocesitas, vocesitas, vocesitas... ¿Y si las ignoro y miro lo lindo que está el mar, lo rápido que se hunden mis pies en la arena a medida que cambio de postura?
Sin darme cuenta, entre inhalaciones y exhalaciones, imaginaba que por los dedos de mis manos y de mis pies, ingresaban corrientes eléctricas del mar, las palmas, los corales y los peces.
Imaginé que todos éramos uno, que compartíamos nuestra energía en secreto mientras los demás nos veían actuando sin alguna anomalía.
Así que sudé, disfruté, silencié y conecté... No podía creer que había pasado un buen rato sin pensar en listas de tareas, pendientes y más barreras para disfrutar el presente.
Sentí el sudor resbalándose por mi frente, mis labios salados cada vez que los humedecía con mi lengua y lo refrescante que era beber agua dulce frente al mar. Sentí... Tranquilidad.
Sentí que merecía esas sensaciones.
Sentí que merecía descansar.
Sentí que merecía liberar, fluir e intentar.
¿Les cuento cómo resultó este experimento? Bueno, primero resultó en una liberación de las cadenas oxidadas del "qué pensarán de mí".
Aprendí a priorizar mi disfrute permitiéndome ser en todo mi esplandor.
¿Segundo? Entendí que no hay nada malo en sacar tiempo para mí, incluso en viajes familiares.
La idea es pasarla bien, y no volver a mi ciudad con la sensación de que me faltó conectar conmigo misma y con mi madre tierra.
Y tercero, le cogí el tiro a la suspensión momentánea del mundo exterior para tener mayor disfrute en mi interior.
Si no estoy trabajando, no pienso en ello mientras frente a mí hay un atardecer hermoso. Después habrá tiempo para el estrés.
(DISCLAIMER: a veces es más fácil y otras veces es más difícil).
Y la conclusión de las conclusiones es: 5 estrellas para intentar salir de un lugar mental que te hace daño. 100% segura de que a veces cuesta más, pero es un gran paso que debemos dar.
Intentando volver a mí y disfrutar un ratito...
Sentí que había mucha divinidad en querer cambiar.
Sentí que el mismísimo mar me abrazaba mientras me arruyaba con su sonido.
Sentí que no siempre puedo callar mis vocesitas fastidiosas, pero que siempre puedo intentar ignorarlas.
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