Sentada sobre un gran tronco, sintiendo la fría brisa que rosaba su rostro y con los ojos entrecerrados debido a los fuertes rayos del sol de las nueve de la mañana, logró darse cuenta de que la soledad es su mejor compañía. Recordó que lo que viene a ella, siempre termina perdiéndose en la niebla que parece nunca ser atravesada por la luz y, al analizar su situación, se sintió atrapada y casi poseída por la ira y la tristeza. Bajó su mirada, sintió que las cicatrices sangraban  y que vivía la pesadilla que le provocó tanto miedo en un tiempo pasado, de nuevo. "Recordar es malo, los recuerdos te golpean fuertemente en tu punto débil, te dejan indefensa, sin nada qué hacer", pensaba.
Subió de nuevo su cabeza y se secó sus lágrimas bruscamente, cerró sus ojos por un momento mientras daba un gran suspiro, y al abrirlos de nuevo, notó que no había nadie a su alrededor, "nada nuevo", dijo en voz alta, "aunque hayan personas, físicamente a mi lado, siempre me siento incomprendida, perdida e ignorada. Sus palabras no me llenan, soy como un vaso con base rota", se dijo a sí misma.
Se levantó y siguió su rumbo.
Al estar cerca a su destino, sus defensas interiores forzaron su sonrisa, hicieron sus ojos brillar y sus cicatrices ocultar. Al llegar, pasó un buen rato, pero no tan bueno como el que tuvo estando sola, teniendo a alguien que la escuchara de verdad, con interés severo y lanzando palabras repletas de verdad, alguien que compartía sus mismos gustos y que disfrutaba pasar tiempo con ella, alguien en quien confiaba y que sabía que no le mentiría, alguien que SÍ la acompañará hasta siempre.
"Ay soledad, eres terriblemente agradable. O al menos en estos tiempos de sequía emocional y verano de incomprensión... Parece ser que sólo me lleno con mi propia compañía".

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