Buenos días.

Mañanas frías con sabor a rocío, personas caminando deprisa mirando hacia el suelo y otras a su reloj. Tráfico pesado y mente ligera, así empieza el día.
Mi mirada siempre va hacia el frente, hasta que otros ojos se cruzan con los míos.
Mientras se hace fila para entrar al transporte público, la piel deja de estar erizada gracias a los primeros rayos fuertes de sol, que se van difuminando entre la poca niebla que se encuentra esparcida en el aire.
Decenas de rostros distintos, decenas de historias de vida diferentes, millones de pensamientos.
Sonidos que vienen del motor del bus, melodías que se escapan de algunos audífonos y voces con tonos bajos. Espaldas encorvadas y rostros levemente iluminados por la luz de celulares. Párpados pesados y ojeras pronunciadas, bostezos y uno que otro choque de cuerdas vocales al tocer. Miradas de preocupación apuntando al reloj, otras repletas de rabia por tener que soportar la incomodidad de rozar otros cuerpos. Pies que se inclinan y luego bajan hasta tocar el suelo del autobús de nuevo acorde a un ritmo de cierta canción.
Desalojo del transporte, entrada al destino.
Las miradas cambian al entrar.
Reencuentros que sacan sonrisas, comentarios que vienen y van. Ojos brillantes, pasos más rápidos, espaldas más rectas. Ausencia de audífonos y presencia en los pasillos...
Creo que al estar solos su actitud es deprimente. El estrés recorre su sistema y el sueño se apodera de su energía. La soledad les pronuncia más las ojeras y la compañía más las líneas de expresión al rededor de su sonrisa.


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