"Y si muere hoy, ¿alguien lo recordaría?"

Levantarse y recibir el día con una mente repleta de pensamientos que se han dejado a la deriva y que ahora empiezan a hacerse un espacio propio en una mente que no les pertenece, no se siente nada bien.
Siento en  mi pecho una presión profunda, mis ojos se llenan de lágrimas, mi respiración se acelera y siento un nudo inmenso atascado en la garganta. Me levanto de la cama, toco el piso frío con la planta de mis pies y por pereza, prefiero no agacharme para recoger mis chanclas y salgo descalza hacia el baño. No me dan ganas de mirarme al espejo. Entro a la ducha, pero primero espero a que el agua baje caliente, porque no soporto el agua fría en la mañana y menos cuando me siento así, con ganas de no sentirme mal pero atrapada en ese círculo vicioso del cual parece que no quisiera salir.
Me visto con mi pinta favorita, para intentar subirme el ánimo o al menos aparentar que estoy bien. Me hago una moña, me maquillo muy poco, o simplemente no lo hago y salgo con audífonos puestos. Cuando cruzo la puerta todo es diferente, me siento dentro de este mundo pero a la vez fuera de él. Mi cabeza no deja de dar vueltas alrededor de esos pensamientos sin sentido pero deprimentes, hasta que alguien que se encuentra haciendo fila detrás de mí, me avisa "niña ya puede entrar al bus". Si el día es gris, todo se pone peor. Si está soleado, al menos disfruto de la vista durante el recorrido. Me fastidia la gente que me roza en el Transmilenio, solo quiero volver a mi apartamento de nuevo.
Evito las conversaciones con los demás, pero a la vez trato de no mostrarme como realmente me siento, así que hablo, pero trato de cortar la charla disimuladamente, o haciéndolos reír. No me gusta que me miren, ni que me pregunten cómo me siento, porque, igual no les interesa. Y a los que realmente les puede llegar a preocupar cómo me siento, simplemente les digo "sí, bien. Todo bien", seguido de una sonrisa convencida de mi falsa situación. El viento choca fuertemente contra mi rostro, y con mis ojos entreabiertos, trato de mirar siempre al frente, y no hacer contacto visual con nadie. Voy en lo mío y con mi tristeza absurda, no los quiero contagiar.
Sentada en una silla del bus, veo a un habitante de calle acostado en la mitad del bus. Siento escalofrío, no por miedo. sino por preocupación: "¿Dónde dormirá en las noches? ¿Será que ya comió? ¿Y tendrá familia? Y si muere hoy, ¿alguien lo recordaría?" Seguramente yo sí. Me vuelvo más sensible y amable con las personas, a pesar de sentirme como un hielo por dentro.
Vuelvo a mi apartamento, y ver a Astro me alegra unos minutos, hasta que él siente el ambiente pesado y se retira de mi cuarto. Miro hacia el techo, mi respiración aumenta su velocidad de nuevo y ni siquiera puedo llorar, se priva todo mi cuerpo y simplemente siento que voy a estallar. Pero ahí estoy, sola, con mi propio demonio que parece que de mí no se quiere despegar.

Y así son mis días de "mierda", como lo diría una bogotana promedio de mi edad.
Los días que se han vuelto más frecuentes sin siquiera saber por qué.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Autorretratos de hace un año.

El experimento de San Andrés.

Desastres naturales.