No sé qué hacer.
La indecisión, sobre todo en temas donde sabes que no serás el único perjudicado si decides mal, hace que la mente nos haga varias malas jugadas.
En la primera, sientes que lo controlas todo, como si la situación fuese un simple avatar que responde a tus órdenes pero que, últimamente no ha funcionado bien, como si las baterías del control se estuvieran agotando.
En la segunda, sabes que todo el juego se ha estropeado, pero sigues buscando baterías nuevas para ver si esta vez sí funciona... Todavía tienes esperanza, crees en que, de pronto, todo se solucionará después.
Te desesperas y te imaginas el peor escenario de esas dos opciones posibles que tienes en mente en la tercera jugada, aquí ya nada tiene sentido, empiezas a rogarle a tu dios, a la vida o a ti mismo, para que traiga una solución que detenga tu sufrimiento, y para evitar el de la otra persona que está implicada.
Luego, sientes una presión en el pecho y no puedes evitar el llanto mientras te cubres con las cobijas de tu cama, para que los demás en tu casa no te escuchen, te quedas mirando el techo e intentado conciliar el sueño probando todas las técnicas existentes, e incluso las posiciones en las que te acuestas, pero nada funciona, porque el dilema sigue en tu cabeza. Piensas en pedir un consejo a esas personas que en realidad para ti, son más conocidos que amigos de verdad, pero terminas eliminando el mensaje y nunca enviándolo.
Por último, te toca decidir, y es curioso porque, cuando la decisión implica a dos personas, todo se resume en si prefieres sufrir tú, o si prefieres que la otra persona lo haga. O eliges guiado por el egoísmo, o por el amor. O de pronto entre el amor propio y el apego... Y todo se desmorona de todas maneras, y empiezas de nuevo a sentirte como en la primera jugada: con el control de todo, pero con un leve pensamiento de que el juego se va a estropear, solo que ahora ya todo está hecho, y ahora te toca sanar internamente, superarlo todo, hacer como si nada hubiera pasado y de pronto, conseguir un juego nuevo; o suplicar para que la otra persona logre curarse y olvidar el daño que le has hecho, por tomar la decisión que creíste que era la correcta.
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