Tardé 3 meses en escribir esto.
Sonidos de campanas y desgarres finos de guitarras suenan a las 4:50 a.m. Se interrumpen mis sueños, de los cuales nunca recuerdo su inicio o final. Extiendo mi brazo izquierdo y estirando mis dedos intento localizar mediante el tacto el celular del que sale aquella melodía fastidiosa que me levanta cada mañana. Termino aplazando la alarma otros diez minutos y me cubro de nuevo con las cobijas.
Pienso en lo que posiblemente traerá el día. Algunas veces me emociono, otras veces me estreso y otras pocas me siento tan mal que me enfurezco por no poder quedarme todo el día en mi cama.
El agua es tibia, el piso es frío y mi corazón caliente. La frustración hace que mis latidos se aceleren como el ritmo ascendente de la canción The Weight of Love de The Black Keys. Mientras el agua tibia cae sobre mí y va mojando cada uno de mis cabellos hasta llegar a recorrer los dedos de mis pies, siento que mi respiración es corta, el aire no logra entrar profundamente a mis pulmones por más que me concentre e intente inhalar con fuerza. El vapor que se ha formado en el baño debido a la ducha caliente se torna espeso, mis inhalaciones se dificultan cada vez más y mi mente no para de producir pensamientos agobiantes sobre lo que debí, debo y tendré que hacer.
"Buenos días", me dice mi mamá al verme salir del baño con mi bata morada y una toalla blanca amarrada en mi cabello. Le respondo "bien, gracias" aún sabiendo que no puedo respirar debidamente y que mi corazón se encuentra a mil.
Me aplico crema siempre iniciando desde la punta de mis pies hasta llegar al cuello, luego me visto con las prendas más cómodas que tengo mientras escucho alguna canción alegre, como Losing my Religion de R.E.M y salgo de mi casa después de haberme armado de valor y haber cubierto con maquillaje un poco mis ojeras marcadas, que siempre se destacan aún más cuando lloré toda la noche.
Entrar a un bus lleno me aterra. Los diferentes olores a perfumes concentrados y jabón floral que emanan las personas, sus miradas incómodas, sus columnas encorvadas debido a su constante necesidad de ver el celular y su acelerado movimiento de pies debido a su ansiedad por llegar temprano, me frustra. Los entiendo, vivimos en un constante corre corre que opaca sonrisas y acentúa preocupaciones e individualismo, pero a veces simplemente no puedo soportarlo. Lo único que me ayuda a evadir estas sensaciones es leer un libro, por eso he leído tantos últimamente, por nada más.
Cuando el bus se llena demasiado, al punto que debo tener mis pies juntos porque si intento moverlos hacia algún lado probablemente piso a quien está a mi lado, de nuevo empiezo a sentir que mi diafragma se cierra y que mis latidos aumentan. Las manos me sudan, muevo constantemente los dedos y tengo una mirada distante, perdida entre mis pensamientos incesantes y la sensación de asfixia que tiene mi pecho. Siento que debo correr, sentir la brisa recorrer mi rostro y tener espacio suficiente para estirar mis brazos; pero no, ahí estoy, moviendo desesperada e involuntariamente los dedos de mi mano, suspirando cada vez más rápido y empezando a sentir un leve hormigueo en mi brazo izquierdo.
Salgo del bus y me tranquilizo un poco, aunque aún no puedo respirar bien.
Mientras camino hacia mi destino, me pongo mis audífonos e intento concentrarme en los beats que emana la canción Breath In The Air de Pink Floyd, funciona por un rato, hasta que mi mente empieza de nuevo a armar secuencias de pensamientos que se transforman en preocupaciones y afanes.
Siento que las personas me miran raro, "¿Qué pasa? ¿Estaré despeinada, o algo? ¿Qué me miran?". Mis latidos aumentan su ritmo rápidamente, no siento mi brazo izquierdo y el aire no logra llegar a mis pulmones. Siento como si hubiera aumentado el volumen de las voces que rondan en mi cabeza al punto de ocultar el sonido que proviene de la música de mis audífonos. Me desespero, siento ganas de correr y de pegarle a una pared o a un poste, de simplemente dormirme y olvidar la sensación que tengo en ese momento. Es inevitable llorar. Las lagrimas salen de mis ojos como gotas de lluvia fuerte que caen sobre un parabrisas.
Solo existen mis voces interiores y yo en ese momento, hasta que recuerdo que estoy en la calle, con lágrimas en mi ojos, caminando realmente rápido, moviendo constantemente los dedos de mis manos y mirando al suelo. Recuerdo que no estoy sola.
Seco mis lágrimas y bajo mi cabeza cuando algún transeúnte pasa a mi lado, en ese momento se me dificulta hacer contacto visual con alguien.
No logro calmarme, pero pienso que tengo que hacerlo.
Llego a mi destino y el contacto con otras personas es normal (para ellas), aunque no saben que en ese momento mi cabeza está a punto de hacer erupción, mis pulmones están a punto de dejar de funcionar al igual que mi corazón y mis manos a punto de quebrarse de tanto temblar y sudar.
Nadie se podrá imaginar lo que se siente tener el diafragma cerrado, las manos dormidas, la mente dando vueltas y vueltas mientras se siente la espalda tensa, unas ganas de llorar incontrolables y ansias por salir corriendo y poder respirar bien aunque sea un segundo. O de pronto sí podrán imaginarlo, pero, ¿y si a eso le agregan que tales sensaciones pueden suceder durante la jornada laboral, mientras el resto de compañeros parecen estar tranquilos frente a sus computadores; en una fila de banco; dentro de un bus repleto de gente ruidosa y molesta o en una fiesta dentro de un bar; en medio del lugar más tranquilo o incluso en una cita con alguien?
He alejado a varias personas de mi vida debido a mi fragilidad emocional. Cuando alguien me conoce realmente, empieza a chocarse con lo que yo nunca aparenté ser; se asustan, se cansan y al final, se van. Pero, no porque ellos lo hubieran querido así, sino porque yo les pido que se alejen, porque no me gusta sentirme como una carga, y es que, ya es lo suficientemente difícil lidiar con la vida, como para hacer que alguien también deba lidiar con una persona que parece tener un desorden emocional en el que nunca parece haber algo definido.
Dentro de mí existen dos voces realmente diferentes: Una, me altera al punto de llevarme a estados físicos donde la taquicardia florece cada vez que analizo de más mi entorno, el sufrimiento de los demás, mi futuro, la vida de mi familia y las consecuencias que ha traído al planeta la mente enfermiza que tiene el ser humano actualmente. Otra, lucha contra la que mencioné anteriormente y me pide que no me rinda, que saque dentro de mí lo más hermoso de mi alma, que cultive flores donde parece florecer maleza, que me aferre a la vida y que siga usando mi ser como forma de generar un cambio... Es una batalla constante entre las dos. Una batalla en la que a veces gana la respiración tranquila y otras veces triunfan los ataques de pánico y la desesperación.
Escribir me ayuda a controlar al primer personaje que me hace trizas cada vez que demuestro debilidad, y publicar los textos hace que satisfaga al segundo personaje, que quiere ayudar a quien sea y como sea.
La ayuda que me han ofrecido, los medicamentos y los consejos de psicólogos vienen con buenas intenciones, lo sé. Incluso he intentado ayudarme a mí misma, pero cuando tengo la tristeza dominando el corazón y la ansiedad gobernando mi mente, siento que no sirve de nada cualquier intento que haga. Me he acostumbrado a vivir con el corazón a mil, el diafragma cerrado y las manos entumecidas mientras oculto la frustración con motivación para los demás y chistes malos con tal de sacarlos de su propia miseria (porque todos andamos en una diferente, aunque en realidad sea una bobada comprándolo todo con problemas más fuertes que un ser humano puede tener a lo largo de su vida), y no me molesta hacerlo; de hecho disfruto motivar, hacer reír, crear esperanza e inspirar tranquilidad, aunque mi mente esté patas arriba la mayor parte del tiempo, mi alma se encuentre perdida y mi propósito refundido entre lágrimas, estrés constante y cuestionamiento de la realidad.
Querida ansiedad, si estás leyendo esto, me gustaría pedirte, no que te vayas, sino que sigas enseñándome lo mucho que una persona puede ocultar detrás de una sonrisa todos los días, para así seguir aumentando mi empatía y ganas de ayudar a quienes como yo, pueden sentirse perdidos y agobiados dentro de la supuesta realidad que parecemos vivir diariamente.
Wow es impresionante ver que cuando conoces la verdad (sales de la matrix) te empiezas a cuestionar esa "realidad" tan cruel que nos atrapa. Que bueno que haya alguien que tambien piense sobre ello. Asi que ánimo.
ResponderEliminarSíii este choque es muy duro. Pero debemos seguir con toda ����
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