Y te vi partir.

Solía vivir tranquila en un lugar amplio, donde sentía el rocío en las madrugadas sobre mi nariz y los fuertes rayos del sol encandelillando mis ojos cuando era medio día. Me gustaba sentir la brisa en mi rostro y el lodo en mis pies cuando después de una lluvia intensa, la tierra parecía hacerse una con el agua.

De vez en cuando me recostaba sobre el suelo, sintiendo la leve picazón que provocaba el pasto largo del jardín en mi abdomen; pensaba que lo tenía todo: un espacio amplio, comida, sol y libertad (aunque solían amarrarme con un lazo largo para que no me escapara); hasta que un día, llegó a mi hogar un ser con el que sentí compañía, amor y respaldo en cuanto lo vi. 

Él era grande, tenía ojos marrones, músculos pronunciados y una fuerza insuperable. Al principio sentí que invadía mi espacio. Era tímido, pero luego fue acercándose a mí de una forma cada vez más directa.

Íbamos juntos a todos lados. Tomábamos agua del tanque en el que solían servirnos este líquido increíble y apreciabamos cada segundo que le tomaba al sol bajar al oeste para ocultarse en las tardes.

Un tiempo después, tuvimos un hijo. No puedo negar que fue doloroso tenerlo, pero nada dolerá más que ver cómo me separaban de él y de aquél ser de ojos marrones que me había acompañado por tanto tiempo.

Era una tarde soleada, se escuchaban de lejos los cantos esporádicos de los gallos, los ladridos de los perros y uno que otro sonido que provenía de las ovejas. Estábamos los tres caminando por el solar, sintiendo cómo el calor del día penetraba nuestra piel y como la suave brisa refrescaba aquella sensación.

El hombre que nos cuidaba llegó con lazos y con otras tres personas. Escuché que un camión se había parqueado a la entrada. Los hombres se reían e intercambiaban papeles que llaman "dinero". "Este es el más grande que he visto en mucho tiempo, páseme doscientos mil más", dijo nuestro cuidador señalando al padre de mi hijo.

Intercambiaron una vez más los papeles y se acercaron a nosotros. Entré en pánico al ver que en la mirada de esos hombres habitaba el miedo y un poco de ignorancia. Me hice frente a mi hijo para protegerlo y nos alejamos lentamente hacia atrás. Luego vimos que no venían por nosotros dos, sino por aquella criatura que tanto nos había protegido. Los hombres empezaron a acorralarlo y a demostrarle confianza, él nos miró fijamente, como despidiéndose y luego sin opción alguna, a pesar de su lucha, fue amarrado y subido al camión.

Empecé a correr por el solar mientras gritaba, no entendía qué había pasado, "¿por qué se lo llevaban? ¿Volverá?" me pregunté mientras las lágrimas salían de mis ojos.

Mi hijo empezó a gritar y a empujar la cerca que nos separaba de aquél vehículo. Al acercarme a él para calmar su ira y tristeza, noté que en el camión habían otros cuatro toros, que casi no podían moverse debido al poco espacio. Los hombres les gritaban y les pegaban cuando ellos parecían alterarse. Quise salir y acabar con las personas que se llevaban al padre de mi hijo, pero no pude.

Los cuatro toros gritaban y sus ojos mostraban miedo, pero aquél ser de ojos grandes y marrones solo transmitía tristeza y resignación con su mirada. Pude verlo fijamente por unos segundos y luego vi cómo se alejaba de mí lentamente, hasta que se perdió de mi vista y los ruidos de los motores dejaron de ser percibidos por mis oídos... 

De pequeña, mi mamá me decía algo: "El hombre que nos cuida aquí, ese hombre que nos alimenta y cepilla cada día, no lo hace por amor, lo hace por esos papeles que intercambian cada vez que vienen los camiones. A nosotras, nos mantendrán aquí mientras criamos a nuestros hijos, pero luego los veremos partir y créeme, no quieres saber a dónde se los llevan, pero lo único que quiero que sepas, es que va a doler ver a tu hijo irse después de haberlo visto crecer, solo para satisfacer el placer del humano y la codicia que habita en él".

No podía decirlo esto a mi hijo en aquél momento, pero me llenó de angustia saber que a él también se lo llevarían algún día.


(Continuará...)


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