Me duele el dolor.
Siento que mi cuerpo pesa más de lo normal. Hacer un movimiento con mis brazos cuesta, al igual que levantarme de mi cama y mover un poco mis pies.
Mis párpados se vuelven grandes y siento que cubren mis ojos más de lo normal. Mis lágrimas son más densas y mi boca deja de salivar, la lengua se siente débil y un poco áspera.
Mis labios se secan al punto de pegarse el uno al otro si duro mucho tiempo con la boca cerrada.
Mis pulmones se sienten atrapados entre costillas más gruesas y compactas, su flexibilidad se ve obstaculizada por una presión externa que no me deja inhalar profundamente.
Me duele el estómago, o al menos así es como puedo describirlo, aunque en realidad se siente más como un vacío.
Veo borroso debido a la creciente marea de agua salada dentro de mis ojos, este líquido se desborda por mis mejillas como aguacero bogotano: descontrolado, fuerte e inesperado. Siento la necesidad de hablar, y lo hago, aunque solo conmigo misma.
Mi voz tiene una vibra diferente, ya no es tan aguda y alegre, es más bien gruesa y un poco depresiva.
Cuando han pasado más de cinco minutos, siento que ese órgano que la mayoría de personas no suele sentir muy a menudo, se agita desesperadamente, al punto de hacerme sentir como si hubiera subido 5 pisos corriendo, aunque esté recostada en mi cama.
Me duele el corazón, me tiembla la voz y me pesa cada respiro. Me habla la soledad, me grita la ansiedad y me canta la tristeza.
Pero también me quema el ahogo, me ahorca la culpa y me acusa la desesperación.
Es raro de explicar, pero me duele algo que no veo, me asfixia algo que no tiene manos y me envuelve algo que normalmente hace sentir vulnerables a los demás.
Dejaré esto inconcluso, así como estas sensaciones me dejan a mí: con las incomodidades en su punto más alto y con las explicaciones volando.
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