Adentro.

El agua cae de la ducha en un día amarillo. Se ilumina todo el espacio, siento el calor que el sol emana apoderándose lentamente de las paredes de concreto, hasta ingresar por la ventana del baño y darme una leve sensación de calma. Cierro los ojos y empiezo a sentir que estoy bajo una cascada, rodeada de plantas que me hacen sombrita y de una ligera briza que eriza mi piel.

Respiro aire azul y exhalo aire morado. Las flores amarillas huelen a mora y las rosas a maracuyá. Las rocas se sienten blandas y el pasto entumecido. El atardecer es azul y el cielo rosado.

Lo que veo cuando abro mis ojos, muchas veces suele ponerse más lindo si le agrego decoraciones imaginarias... Me he rehusado a normalizar lo increíble; a pisotearlo y declararlo invisible y sin gracia. A pasar por alto los mínimos detalles que revelan su esencia.

Mirar, tocar, sentir, escuchar... Visualizar, crear, explorar, vivir.

Si en el fin de los tiempos el gris se apodera de la existencia, que mi mente colorida encuentre en ese tono la esperanza y felicidad. Que la ausencia de color externa, no desprenda palidez en mi corazón. Que mirar hacia adentro siga siendo un mundo nuevo, y no solo un lugar oscuro con manchas distorsionadas e intermitentes de colores; porque si es así, aunque el color siga abundando en el mundo, mi corazón no podrá palparlo, mis manos no podrán creerlo y mis ojos se harán sordos ante tan glorioso engaño.

Si no lo siento al cerrar los ojos; no es real, aunque abiertos lo vea.
Si no me emociono con solo imaginarlo, no lo disfrutaré cuando en mis manos lo tenga.
Y si no siento calma al escuchar su descripción, cuando lo conozca, me alejaré sin pena.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Autorretratos de hace un año.

El experimento de San Andrés.

Desastres naturales.