La ventana mágica
Me pasa muy poco, pero en las escasas y distintas noches en que mi mente no puede apagarse, y se mantiene despierta después de la hora acordada para descansar, siento una conexión especial así se estén resbalando lágrimas por mis mejillas, tenga una crisis de ansiedad, esté confundida o simplemente no sienta ganas de dormir.
Abrir la persiana, pasar mi almohada a la parte opuesta de la cabecera para poder observar tras ella, sentarme, abrazar mis rodillas mientras me cubro con mi cobija favorita, y simplemente mirar por la ventana; me ha salvado de noches que parecen infinitas, de taquicardias que me nublan y estremecen, de melancolías y de las secuelas de un corazón roto.
El pasar repentino de los carros con el sonido del caucho acariciando el asfalto; el pitido raro que se escucha en las noches cuando pongo atención, y la luz tenue que entra por la persiana, me permiten salir por un momento de mi mente; y cuando no, solo se unen para acompañarme junto con el paisaje del parque, la avenida que antes era un vivero con un hermoso lago, los edificios que taparon la grandeza de las montañas y las pocas luces prendidas que se ven en algunas de sus habitaciones.
¿Cuántos cambios he visto a través de la misma ventana? ¿Cuántas emociones he sentido observándolos y durante cuánto tiempo? ¿Qué canciones son las que más he repetido para llorar o subirme el ánimo? No sé, y para qué saberlo. Y aunque no niego que me genere una vaga curiosidad contar con estas cifras y patrones reconocidos; lo que más me conmociona, es el saber que desde esos edificios que veo lejanos alguien también puede estar lidiando con su falta de sueño, amor, comprensión, tranquilidad... Y también puede que no, pero de lo que estoy segura es de que como yo, muchas personas están ahí solo siendo unas con sus emociones, mientras encuentran un poco de consuelo observando lo que hay frente a sus lugares de descanso.
La conexión de la que hablaba hace unos párrafos es difícil de explicar, pero el mejor esfuerzo que puedo hacer para que se entienda, es escribir que lo que siento en estos momentos, más allá de mis emociones o mis malestares físicos, es la presencia de aquellas y aquellos que andan a las 2:53 a.m. observando y sintiendo lo que llamamos la realidad, mientras otros andan en luchas con dragones azules, compartiendo con sus amigas una charla con dos zombis, viajando de Bogotá a Hong Kong con solo abrir una puerta, volando o simplemente bañándose, en la otra realidad que viven en sus sueños.
Después de estar un rato perdida entre la oscuridad de mi habitación, la luz artificial de la calle y las lágrimas secas que llegan a resbalarse hasta mi cuello; poco a poco mis párpados empiezan a pesar, mi espalda me pide recostarme y mis emociones hacen las pases con mi cuerpo que anhela un descanso (aunque sabe que será breve).
Y me voy, sin darle relevancia a la noche, siguiendo en la mañana el caos normalizado, buscando un café (que al rato me dará taquicardia) para quitar el sueño que preciso ahora sí fluye con naturalidad... Y me topo con personas en la calle, sin saber si fue de ellas que sentí su melancolía anoche, su desesperación, su desahogo y quizá su calma; y también sin ellas saber que me sintieron a mí.
Y nunca ahondamos en esto, y nunca notamos el abrazo de la soledad que en realidad es compartido, y nunca, tampoco, nos atrevemos a reconocer la serenidad de las pequeñas cosas.
Pero qué áspero y reconfortante es, saber qué así creamos o no en ellas, aquí seguirán, esperando a ser vistas a través de nuestra ventana mágica.
Comentarios
Publicar un comentario
¿Hola?