Conversaciones con la luciérnaga. Parte 1.
Pasas una crisis, te sientes bien, hay un periodo de quietud, crees que ya has superado el encuentro con aquel monstruo morado de cuernos gruesos que tanto te intimidaba, y luego, en pleno medio día de jueves, te vuelves a topar con él.
—¿Qué hace aquí? —Te preguntas mientras tu corazón palpita cada vez más rápido.
—¿Pero si ya se había ido? —Indagas agarrándote tus manos que, ya están empezando a botar por los poros microscópicas gotas de sudor.
—¿Pero si ya no me daba miedo? —Te dices a ti misma con una voz que cada vez se quebranta más, con unos ojos que empiezan a inundarse en lágrimas, en confusión y desazón.
—Sí, he vuelto. —Te susurra al oído aquél ser de gruesos vellos olorosos cubiertos de grasa y piojos.
Escucharlo tan cerquita después de tanto tiempo no solo te desagrada, también te hace creer que has sido derrotada, que tus pociones, entrenamientos, batallas y espadazos han sido todos en vano. Has fracasado, porque el miedo sigue ahí, y peor aún, porque el monstruo aún tiene vida.
Su torso se ve más grande, sus cuernos parecen forrados de hierro, de un blindaje impenetrable; su aliento te eriza la médula y sus pasos quiebran la tierra que los carruajes más pesados tardan años en desgastar.
Entras en una crisis, te sientes mal, hay un periodo de malestar, crees que no has superado nada, que debes volver a empezar...
3:00 a.m. Cobijas que abrazan. Párpados cansados. Lagrimal irritado. Mente en carrera. Corazón agobiado.
—He vuelto con un propósito. —Te dice el monstruo mientras toca tu hombro repentinamente con sus manos gigantes y garras mugrientas.
—Es un poco tramposo querer batallar cuando alguien está deprimida en la cama. —Respondes desganada mirando fijamente la pared, aferrándote al dolor, al malestar, a la derrota.
El monstruo baja su mirada y se desvanece en la oscuridad. Luego, escuchas golpes minúsculos, agudos pero contundentes que tocan tu ventana. Corres las cobijas a la derecha, te rascas los ojos rojos, te levantas y te acercas a ella.
Es la luciérnaga que conociste en tus tiempos de triunfo... Bueno, en los que creías eran un triunfo.
—Ábreme, que está haciendo frío. —Te dice mientras detallas sus largas antenas, ojitos negros azabache y cola neón. Piensas: —Había olvidado dejarle abierto desde que llegó este monstruo, qué embarrada.
La luciérnaga se sienta en tu almohada y te mira con resentimiento mientras se frota las patas delanteras buscando calor, mientras tú te conviertes nuevamente en una masa amorfa entre las cobijas mientras las lágrimas siguen saliendo de tus ojos venosos como si no tuvieran fin. Pasan varios minutos en silencio.
—El monstruo volvió para ayudarte a vencerlo, ¿sabes?. —Dice aquel insecto diminuto rompiendo el hielo mientras se enciende un cigarro. Lo volteas a ver intrigada.
—Él está atado a ti, —tose fuertemente. —Su vida consiste en fastidiarte hasta que de verdad no puedas más... No como aquella vez que te mudaste al otro lado del fango y pensaste que ese era su fin. —Te mira de reojo esperando que no haya una reacción efusiva de tu parte.
—Y oye no es para pordebajearte ni mucho menos. —Inhala fuertemente el cigarro y dice reteniendo el humo: —Tus pociones, espadazos, batallas y conjuros funcionaron, te dieron fuerza... —Exhala. —Pero como te habrás dado cuenta, no funcionaron del todo.
Tuerces tus ojos y vuelves a mirar a la pared.
—Mira... —Te dice después de inhalar y exhalar el último rastro de tabaco. —Es fastidioso escuchar la verdad, pero tienes que abrazarlo, perdonarlo y darle las gracias. —Apaga la colilla con la almohada.—De lo contrario, solo seguirás en el mismo ciclo simplón y superficial de ponerte paños de agua tibia sobre la herida, de engañarte a ti misma restándole importancia... —Se para de la almohada y camina hacia la ventana.
—Nunca abrazaré a ese ser tan repugnante, me ha jodido la vida. —Dices con una voz nasal y cansada.
—Okay, es tu elección. Yo solo cumplo con darte un poco de luz. —Dice la luciérnaga mientras prepara sus alas y prende su cola para volar.
—¡Espera! —Exclamas con tu voz mocosa.
—¿Qué? Ya dije lo que tenía que decirte. Dice la luciérnaga mirando a través de la ventana.
—Ven, porfa
—¿Tienes más cigarros?
—Sí.
—Pues voy. —Responde la luciérnaga.
Te secas las lágrimas restantes pasando bruscamente las manos por los cachetes, y de paso por debajo de la nariz, llevándote una mezcla húmeda que después secas con el cubrelecho. Toses fuertemente, pasas saliva, te sientas y le dices al insecto volador:
—¿Por qué agradecerle, abrazarlo y perdonarlo?
—Primero pásame el cigarro.
Abres el cajón de la mesita de noche, sacas un paquete de 3cms y le entregas un diminuto trozo de papel con miga de tabaco adictivo.
La luciérnaga saca sus cerillos del ala izquierda, y mientras intenta crear fuego con sus delgadas y débiles patas dice:
—Ya te dije niña, porque es la única forma de vencerlo del todo. —Tras un intento fallido, intenta encender nuevamente un fósforo. —Nuestros monstruos en el fondo son más nobles de lo que parecen. Sí, son horribles y aunque no puedo oler, siento desagrado al verlos. Pero si te atreves a ver fijamente sus pupilas, a dejar por un lado esta expectativa de anhelar una vida sin él y contemplas la idea de integrarlo en tu vida, todo cambia. Ahí sí ganas. —Enciende el cigarro.
Después de sorber tus mocos, le respondes: —Para ti es muy fácil porque eres una luciérnaga. Yo soy una humana, es MUY diferente.
—¡Jajajá! Qué audaz es su especie, de verdad. —Exclama el insecto mientras cruza su pata izquierda trasera sobre la derecha. —Cada día me enfrento a ranas y pájaros hambrientos... Y claro, a humanos que quieren matarme sin justificación. —Inhala su cigarro cerrando los ojos. —Pero aún así, sigo volando, ando desnudo para que vean de lejos el brillo de mi cola, canto y canto aunque eso represente más un riesgo para mí.
—Es diferente. Le respondes mientras tuerces las cejas y cruzas los brazos.
—¡No realmente! No lo es tanto como parece. —Se pone de pie y empieza a caminar mientras explica. —Todos tenemos nuestros monstruos, todos los seres vivos de este planeta. Los míos son otros animales que me ven como comida. Los tuyos son tus emociones reprimidas, la guerra, la gente "mala", tus traumas y líos relacionales. Pero yo también soy el monstruo de las flores, por ejemplo; y tú eres el monstruo de toda la naturaleza, ¡jajaja!
—¡Hmm, hmm! —Exclamas incómoda por el comentario.
La luciérnaga se detiene, te mira y responde: —Pensé que les gustaba el humor negro... En fin. —Inhala su cigarro. —Cada monstruo tiene un propósito.
—¿Y cuál es el propósito del mío? —Le respondes.
—Eso se lo tendrás que preguntar a él, y podrás plantearle esa pregunta cuando aceptes que aunque tu drama, tu llanto y tu victimización son válidas, solo te distraen de enfrentar tu miedo y la incomodidad de tu ego de aceptar que eso es precisamente lo que estás haciendo. —Tose fuertemente. —¿Me ofreces un café?
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