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Conversaciones con la luciérnaga. Parte 1.

 Pasas una crisis, te sientes bien, hay un periodo de quietud, crees que ya has superado el encuentro con aquel monstruo morado de cuernos gruesos que tanto te intimidaba, y luego, en pleno medio día de jueves, te vuelves a topar con él. — ¿Qué hace aquí?  —Te preguntas mientras tu corazón palpita cada vez más rápido. — ¿Pero si ya se había ido? —Indagas agarrándote tus manos que, ya están empezando a botar por los poros microscópicas gotas de sudor. — ¿Pero si ya no me daba miedo? —Te dices a ti misma con una voz que cada vez se quebranta más, con unos ojos que empiezan a inundarse en lágrimas, en confusión y desazón. — Sí, he vuelto.  —Te susurra al oído aquél ser de gruesos vellos olorosos cubiertos de grasa y piojos. Escucharlo tan cerquita después de tanto tiempo no solo te desagrada, también te hace creer que has sido derrotada, que tus pociones, entrenamientos, batallas y espadazos han sido todos en vano. Has fracasado, porque el miedo sigue ahí, y peor aún, porq...

Desastres naturales.

 A veces se unen la turbulencia de los traumas, la corriente de la frustración económica, los torrentes de la ansiedad, los ventarrones de secretos familiares, los temblores de la vida en pareja y el huracán de querer soportarlo todo, a la vez. ¿Por qué soy yo quien parece ser la única que dedica su energía en construir un refugio, conseguir comida enlatada, organizar un kit de primeros auxilios y en sí de ver, asimilar y querer salvarse de tremendas catástrofes naturales? Es difícil ser alma que viene a adentrarse en cada marea, terremoto y huracán para poder entender y sanar al linaje y a los ancestros. Es difícil tragarse los gritos de auxilio, el miedo a morir en el intento y sobre todo el aceptar que sentir cada desastre para saber cómo moverme de entorno, de clima, de zona y de sentimientos, es una de mis más grandes misiones en esta encarnación. ¿Quién iba a pensar que cuando grande sí sería como Mini Espías? Pero en vez de monstruos enfrento lo escondido, en vez de naves me...

Fluyo con la incertidumbre.

Fluyo con la incertidumbre cuando elijo el camino de la izquierda porque tiene flores moradas, y no porque es el más recorrido. Fluyo con la incertidumbre cuando disfruto el sol por los abrazos que me da con cada rayito, y no porque temo que llueva mañana. Fluyo con la incertidumbre cuando meto a la cama mi tristeza, la arropo, le doy té y vemos pelis juntas, en vez de hacerla madrugar, bañarse con agua fría y maquillarse. Fluyo con la incertidumbre cuando escribo una idea, la grabo, edito y comparto porque quiero darme más permiso de brillar, y no por anhelar que noten mi brillo. Fluyo con la incertidumbre cuando sigo mi corazón apasionado, rebelde y quisiquilloso, y no mi mente cuadriculada, temerosa y preocupada. Fluyo con la incertidumbre porque extrañamente me brinda más certeza que la certeza misma.

En los bajos es cuando más alto debo llegar

Cuando estoy en los altos, me noto más constante en mis oraciones, meditaciones, agradecimientos y en mi Sadhana. Pero, ¿por qué dejo que se interrumpa esa constancia cuando entra el caos a mi vida, si es de hecho cuando MÁS debo estar conectada a esa fuente? Cuando quizá debo empezar a respirar más profundo, a no meditar 30mins sino una hora, a no agradecer solo una vez sino 10, a no quedarme quieta sino a moverme más, a ver más... Es como que me olvido de mí misma. Me suelto la mano. Y yo soy el peso del otro extremo que equilibra la balanza.  Atenderme es el peso, mirarme es el peso, enfrentarme es el peso, perdonarme es el peso, abrazarme es el peso... En cada reto hay un portal hacia la transformación, es alquimia pura. Entonces, ¿por qué insisto en transitarlo sola cuando tengo un ejército entero esperando mi llamado para respaldarme, a un respiro de distancia?

Mi cuerpo y mi alma

Mi pecho a veces se estremece, se llena de tensión y presiona mi corazón. Mis latidos a veces se aceleran sin estar moviendo mi cuerpo, suben sus revoluciones y vibran como un trueno interno. Mis ojos a veces lloran y lloran, hinchan mis párpados y congestionan mi nariz hasta quedar completamente drenados.  Mi cuerpo a veces se siente en peligro por las historias que mi mente le cuenta; se debilita, se estremece y frecuentemente se enferma. Mi mente a veces se pierde entre tantas posibilidades, suposiciones, datos, deberes y  miedos, que tarda un largo rato en volver a encontrarse. ¿Mi alma?.. Mi alma siempre está en paz. Ella es quien relaja mi pecho con un respiro, quien regula mis latidos con presencia, quien seca mis lágrimas con amor, quien protege mi cuerpo con un mantra y quien vacía mi mente con agradecimiento. Mi alma es mi esencia cósmica que solo observa a través de mi malestar cómo aprendo, desaprendo y me desprendo en esta experiencia humana.  Es aquello que ...

El experimento de San Andrés.

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Este viaje fue en diciembre. Un diciembre en el que se me ocurrió intentar algo nuevo: estar más presente y menos ausente escuchando las vocesitas en mi cabeza. Sí, claro. Fue un intento audaz y ambicioso para una persona ansiosa que es multi-tarea en el área de la preocupación. Pero... ¡funcionó! 👍🏻 Con la brisa fresca que entra por las ranuras de la puerta del balcón, el sonido de las olas chocando con rocas y el canto afinado de las aves, no provoca levantarse a las 6am para empezar un experimento.  Pero oigan, alguien tenía que hacerlo. Silenciosamente me levanté de mi cama, me puse mis crocs chiviados color aguamarina y me vestí en el baño. Short de jean, top cómodo y el cabello bien recogido. Botilito con agua fresca, celular para avisar donde estoy y bloqueador. Camino a la playa pensé que antes me sentía presionada a dormir hasta tarde como los demás, pero sentir el viento tibio al salir a la calle y saber que tendría un tiempo a solas, definitivamente se sent...

Lo lindo de perdernos.

Algo que encuentro realmente lindo de perdernos, es que estando allí entre oscuridad, confusión, incertidumbre y caos, crece una semilla que nuestro propio ser ha sembrado antes de tocar fondo. Esa semilla, a pesar de la falta de iluminación, agua y afecto, crece con naturalidad mientras nosotr@s nos hacemos más chiquit@s, y entiende que nuestro proceso interno es precisamente lo que no la deja frenar su meta de florecer. Y justo allí, en el momento que nosotr@s tocamos fondo, en ese momento que tanto repudiamos al sentirse tan incómodo, la planta se vuelve más fuerte, usa nuestras plegarias de ayuda como abono. Cuando nuestros días ya no son tan nublados, empezamos a notar una flor colorida al escalar el vacío al que caímos, esta, que nos deslumbra con sus únicos e incomparables pétalos, es nuestro Yo Superior; que nunca se ha ido, pero que sabía que esta caída aunque nos dejó raspones, era clave para que así pudiéramos encontrarnos en nuestros múltiples colores, en nuestra autentici...