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Ocultar sentimientos es ocultarse a uno mismo.

Oscuras.

Cuando las voces más envidiosas y saturadas de odio hablan; se vuelven espesas en el viento, pesadas, ardientes y casi indestructibles... ¿Me equivoco? Claro que sí. Que se fortalezcan e invadan pensamientos de personas que sólo buscan tranquilidad, no depende de quién las diga, sino de quién las reciba y perciba. Si se perciben como los ardidos de corazón quieren, seguro harán daño. Si se toman como una muestra de lo oscura y frustrada que puede llegar a ser el alma de una persona, seguro motivarán al receptor a esforzarse aún más para así no llegar a caer tan bajo, como ellos.
Parece que al estar solos las frustraciones nos comen desde adentro; y nosotros, sin pensarlo dos veces, nos dejamos llevar por estas sensaciones que terminan volviéndose un círculo vicioso... Desenredar los nudos de nuestra mente parece ser difícil, incluso nos hacen creer que lo es, cuando en realidad tenemos los recursos necesarios para salir de esa sombra justo ahí, a dos pensamientos de distancia.

Disgustos grises.

No me gusta empezar las frases con dos letras que muestren negativismo, ni mucho menos terminarlas con una explicación, porque pienso que los principios deben estar hechos de entusiasmo y los finales... Bueno, se deberían dar de una manera más sutil. (Pero sí con una explicación). No me gusta el color gris que cubre el firmamento cuando de sus nubes empieza a caer agua. Ver los charcos me inunda de pereza, sentir la ropa húmeda y las gotas miniatura rozar mi rostro  sin parar me hacen querer estar bajo un paraguas gigante que me teletransporte directamente hacia mi cama. No me gusta la brisa fría ni  mucho menos sentirla justo cuando olvidé mi chaqueta en casa. No me gusta que el bus se llene, porque las personas que van sentadas cierran las ventanas, causando así una clase de sauna humano. No me gusta, tampoco, que los carros pasen rápido y de su afán solo dejen restos de agua sucia sobre mí... No me gusta que él esté ausente en épocas de lluvia, p...

Vale la pena esperar.

El problema de perderse entre pensamientos que solo cubren de polvo una parte del corazón y provocan angustia, es que, parece que una sección del cerebro empieza a perderse también. La niebla, con su amargo sabor a perdición parece empezar a invadir las gargantas de muchos, y esto sólo hace que se pronuncien palabras vacías; el hilo que conectaba la pasión con la boca deja de funcionar por un gran lapso de tiempo. El sol que solía iluminar la mirada, se empieza a apagar lentamente; se funde la expresión verdadera y, como una protección, se enciende la vela de la apariencia, que falsea sonrisas mientras el ser verdadero observa de lejos y detenidamente cada nudo que se va formando en el interior de su mente; frustrándose y debilitándose cada día más. El problema de estos fenómenos, si se les puede llamar de esta manera; no son ellos en sí, sino su efecto colateral en el alma que se ve derrotada ante los golpes negativos de la mente. La solución, está en ignorar la tragedia que habita...

Miedo.

Supongo que es normal encontrar soluciones para los problemas de los demás fácilmente, o al menos un poco más rápido que cuando se trata de nosotros mismos. Suelo pensar que cada problema es un laberinto con unas paredes realmente altas y que nosotros nos encontramos dentro de él gastando energía, generando estrés y aumentando los niveles de desesperación... No tenemos idea de cómo salir, no hay siquiera una idea que nos podamos hacer sobre "por dónde coger". Intentamos encontrar una salida, pero cada decisión que tomamos nos dirige a un pasillo trancado por otra pared. Por el contrario, cuando decidimos ayudar a alguien brindando un consejo, podemos ver claramente su laberinto desde arriba, pues no nos encontramos dentro de él, y por esto es que llega a ser mucho más fácil encontrar la salida. Sin embargo, muchas veces somos nosotros mismos quienes decidimos borrar las señales. Me refiero a que en ciertas circunstancias (por no decir todas), sabemos qué hacer, pero por miedo...

Sinónimo de silencio.

Como si tragaras vidrio y un gran pedazo se quedara atorado en tu garganta. Así, inmóvil te quedarías por miedo a que las puntas afiladas del trozo te rasgaran. Tratarías de concentrarte para evitar los movimientos de la lengua y, seguro que juntarías tus labios para que tu mandíbula no se cansara de estar tanto tiempo abierta. Tu cuerpo pediría que pasaras el líquido que se acumula en tu boca. Te lastimarías de a poquitos. Te frustrarías y tus ojos se aguarían porque cada palabra que quieras decir, y cada grito que quieras pegar, se acumularía en tu cabeza que cada vez se quedaría con menos espacio. Te ofrecerían ayuda pero, no podrías decir una palabra, así que solo asentarías con tu cabeza para indicar un: "mejor no te preocupes, estoy bien" .  Las personas a tu alrededor empezarían a molestarse porque no hablas con ellos, porque no "les tienes confianza". Desearías que alguien te entendiera, que supiera que te estás ahogando entre preguntas, tristeza y desesper...